LAS VALIENTES MUJERES QUE LUCHAN PARA QUE NO SIGAN MURIENDO PESCADORES EN NUESTRAS AGUAS

Las mujeres del Repunte, la fuerza del dolor.
A un año del hundimiento que cambió sus vidas, las historias detrás de una dura batalla que las encuentra mes a mes sosteniendo las banderas que reclaman por “Ningún hundimiento más”.

- Señora, vayan a sacar fotos a otro lado.

- ¿Perdón? ¿Quién es usted?

- Eso. Que se vayan a sacar fotos más allá. Velázquez soy. Acá están las lanchas y dan mala imagen. Yo tengo tres hijos navegando.

- ¿Mala imagen? Señor, nosotras estamos luchando ahora por sus hijos, por el Puerto. Nosotros ya lo perdimos todo. Al menos sea respetuoso.


Situaciones de este estilo, ya sea segundos antes de hacer una nota o en la calle durante una marcha, son moneda corriente para ellas, para “las mujeres” del Repunte. Ellas, las que un día como hoy pero un año atrás, perdieron a sus seres queridos y, organizadas en el colectivo “Ningún Hundimiento más”, empezaron una lucha incansable. Contra viento y marea, contra los empresarios coimeros, contra la negligencia de la Prefectura, contra la insensibilidad de la política, la pasividad de los gremios y, en algunos casos, la indiferencia de los precarizados trabajadores del Puerto marplatense que le temen más al desempleo que a un buque de 60 años.



Pero a ellas no pudieron detenerlas y a un año del hundimiento de Repunte siguen siendo el brazo de una luchamás que compleja contra una estructura que viene de años. Y no pudieron detenerlas porque saben mejor que nadie cómo es que siguen “pasando los sobres” de los empresarios para que los barcos sigan saliendo detrás del langostino, un negocio redondo para unos pocos y la muerte para los 86 trabajadores que no volvieron de los 41 hundimientos que se produjeron en los últimos 16 años, según datos publicados por Revista Puerto, sin contar el todavía reciente Rigel ni el ARA San Juan. Porque acá, en el Puerto donde nada cambia, aunque lamentan haber “llegado tarde” para el Repunte y para el Rigel, con su lucha este grupo de mujeres intenta que nunca más la avaricia y la corrupción vuelvan a hundir familias enteras en la tristeza, el recuerdo y la soledad.




Karen es la hija del marinero Marcelo Islas. Su vida, como la de tantas otras, cambió de la noche a la mañana y apenas las lágrimas le dejan expresar en palabras su lucha. Recuerda ese día como si fuera hoy, y desde hace unos días lo vuelve a vivir minuto a minuto, desde que, además de pelear por su papá, acompaña en el dolor a las familias del Rigel.


“Antes mi vida era hermosa. Yo antes del hundimiento era muy reservada, lo sigo siendo, pero siento que esta lucha me sacó varias cosas. Tenía a mi papá que lo era todo. Y de un segundo para otro la vida me lo sacó.


Durante este año me aferré a mis hermanos Matías, Florencia y Mía, a mi mamá y a toda la gente del Repunte que nos está sosteniendo a todos. De ellos saco la fuerza, la garra y los trato de ayudar desde mi lugar en lo que más pueda. Nunca pensé que iba a estar en este lugar y es horrible, no se lo deseo a nadie.


Ahora con lo que pasó con el Rigel sentí que volví a ese 17 de junio, sentí que volví a vivir el peor día de mi vida. Lo viví desde mi casa, viendo las noticias y sufría. Me imaginaba todo, volvía sentir todo lo que yo ya pasé.


La fuerza de todas es a lo que me aferro y por lo que sigo adelante. Ojalá que todo esto sirva para que las cosas cambien en algún momento, porque no pueden seguir pasando”.



Silvia es la esposa de Marcelo Islas. Desde aquel 17 de junio, además de luchar por el padre de sus cuatro hijos, tuvo que aprender a ser mamá y papá a la vez,con todo el desgaste que implica ese doble rol que asumió, tanto en la calle como en la casa, en su día a día.


“El 17 de junio de 2017 fue para nosotras un día trágico. Fue un sábado, un día que nunca nos hubiéramos imaginado que íbamos a pasar. Cuando se iba al mar, él siempre decía: ‘nunca se sabe si vas a volver’, como en tantas otras cuestiones de la vida, pero nunca nos hubiéramos imaginado que pasaría, a 15 días de haber salido del Puerto. Él iba a cumplir un sueño, era la primera vez que iba al langostino para poder estar mejor.


Fue un año difícil, de mucha lucha. Nos unimos como una familia, ahora somos ‘la familia del Repunte’. Nos tuvimos que unir para seguir en esta lucha y que las cosas cambien. A los nuestros ya no los tenemos. Lo nuestro ahora es luchar por los trajes, por la caducidad de los barcos, por ejemplo, y es muy difícil.


Cuando pasó lo del Rigel, fue la misma sensación: un sábado, las mamás, las esposas, algún hijo llorando o pidiendo respuestas. Fue revivir todo. Por eso nosotras decimos ‘ningún hundimiento más’, porque es un dolor horrible. Pasó un año y nos dimos cuenta que está todo prácticamente igual”.



Gabriela Sánchez quizás sea, por su rol asumido de hablar ante los medios, la cara visible de “las locas del Repunte”, como ella dice que las descalifican quienes quedan en evidencia con sus reclamos. Es la hermana de Gustavo Sánchez, el capitán del barco. Una más de las que, desde el 17 de junio de 2017, no volvieron a ser las mismas.


“Antes del 17 de junio, cada vez que volvía Gustavo y Mario, mi marido que también navega, nos juntábamos todos. Íbamos a su casa los domingos. Pero mi vida cambió al 100%. Desde hace un año que dejé todo para dedicarle nada más que al Repunte.


Soy socióloga. Hice mi doctorado en la Universidad Católica Argentina. Investigaba sobre religiones, pero lo dejé y cambié mi tesis doctoral para estudiar la relación de los funcionarios de la pesca entre lo público y lo privado, esa “puerta giratoria”, y hoy en día es uno de los tantos instrumentos de lucha.


Nosotros ahora somos familia. Decimos que a los diez los perdimos, pero nos dejaron una familia más grande. No es consuelo, porque se extraña y el dolor es grandísimo. No te puedo explicar en palabras lo que es ser hermana de un desaparecido y ver que un año de lucha no sirvió para nada. Porque el sábado pasado cuando pasó lo del Rigel, volvimos al mismo lugar donde estábamos el 17 de junio.


Las mujeres del Repunte trabajamos incansablemente durante un año. Aprendimos que solas no podemos, que entre todas vamos a seguir adelante levantando esta bandera. Pero todo esto que hicimos, no lo hicimos pensando en el Repunte. Lo único que te puedo decir es que las pocas horas que yo duermo, lo hago con la conciencia tranquila de que cada una de nosotras dejó la vida este año para que las cosas no se repitan. Pero llegamos tarde.Lamentablemente para el Repunte y para el Rigel llegamos tarde”.



María, la mamá de Gustavo Sánchez, es jubilada y es otra de las que se mantiene firme en la lucha. Tiene un semblante distinto al de su hija, más tranquilo. O al menos es lo que demuestra, quizás por la necesidad de mostrarse entera frente a Gabriela, para quien resulta ser un pilar de apoyo cuando la pelea contra la estructura da golpes bajos o el recuerdo de su hermano se hace lágrimas.


“Cada vez que llegaba Gustavo, nos juntábamos todos. Él era un tipazo, muy unido con las hermanas, con todos. Se lo extraña horrores. Veo una foto y está Gustavo. En cualquier cosa está Gustavo. Por suerte tengo una hija como Gabriela, que le mete para adelante, porque esto es muy difícil.


Es horrible lo que pasó. Cuando se hundió el otro barco vimos lo mismo, lo mismo. Lo que nos decían a nosotros hace un año, se lo dijeron a las familias del Rigel. Yo me pregunto por qué permiten esto, dios mío.


El hecho de salir todo el tiempo a reclamar por lo que pasó no me hace a la cuestión. Hago lo que sea por Gustavo. Salimos, pedimos, gritamos y reclamamos. Yo ni sabía lo que era una marcha. Ahora te hablo de barcos, de rescates, quedo asombrada de mí misma.


A veces la veo a Gabriela que está muy mal, porque ella tiene un peso muy grande encima, y me encargo de darle fuerzas porque ella es la que lleva todo”.


NINGÚN HUNDIMIENTO MÁS, MUCHOS FRENTES DE BATALLA 


“Quieren callar a ‘las locas del repunte’ para que no se visibilice, pero no van a poder”, dice Gabriela Sánchez en algún momento de la charla. Pero no sólo no pudieron callarlas, sino que tampoco pudieron doblegarlas pese a todo lo que les hicieron padecer desde los distintos sectores implicados en cada una de sus luchas, incluso desde los propios sobrevivientes de la tragedia, que nunca se contactaron con las familias.


En primer lugar, las mujeres del Repunte hicieron llegar por primera vez a la Comisión de Intereses Marítimos de la Cámara de Diputados la problemática de los hundimientos, cosa que después se replicó con el submarino ARA San Juan. Aunque por parte de esos mismos legisladores llegó la última “cachetada” que recibieron: tras casi un año, los integrantes (entre ellos los marplateneses Juan Aicega y Guillermo Monetenegro, de Cambiemos, de Fernanda Raverta, de Unidad Ciudadana) habían prometido venir a sesionar a la ciudad para tratar la problemática, pero dieron marcha atrás argumentando el paro de Camioneros y la suspendieron incluso días después de desaparecido el Rigel. “Los que tienen que tomar las últimas decisiones, nos dieron la última cachetada. Claro, como hay un ‘fierro caliente’ acá en Mar del Plata por el Rigel, no quieren venir”, manifiesta.


“También logramos reunirnos con el secretario de Seguridad, Eugenio Burzaco, para denunciarle las irregularidades de Prefectura, pero vino con toda la plana mayor de la fuerza y nosotras, las mujeres del Repunte, tuvimos que denunciar frente a todos ellos las irregularidades que ellos mismos tuvieron con el rescate. Un año después, la búsqueda del Rigel la hicieron en iguales o peores condiciones porque el helicóptero, por ejemplo, llegó dos horas más tarde”, agrega Gabriela Sánchez al respecto.



Al propio Burzaco, y después de haber estudiado cómo son los rescates en el mundo, también le plantearon la necesidad de crear una comisión investigadora independiente, con gente especializada y colegiada para investigar, no sólo el caso del Repunte, sino para que funcione como un organismo del Estado que investigue todos los hundimientos, pero todavía está “en veremos”.


Respecto a otro de los reveses políticos que sufrieron, cuenta: “Cuando conseguimos que María Eugenia Vidal nos reciba después de seis o siete meses, le pedimos que se creara un centro de asistencia para la emergencia,porque sabíamos que lamentablemente, como no hubo un cambio estructural, iba a pasar lo del Rigel. Ese proyecto lo trabajamos durante semanas, con ayuda de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Lo presentamos en febrero terminado y completo, con un lugar establecido frente a Prefectura. Pero, ¿sabés dónde está ese proyecto? En algún cajón esperando una firma, mientras que paradójicamente la gente que está trabajando hoy con las familias del Rigel son los del área de Psicología de la facultad que nosotros habíamos contactado”, añade.


Además, más allá de que no representa una solución de fondo y en parte era uno de los pedidos, cuestiona la implementación “a las apuradas” de la obligatoriedad de los trajes de inmersión: “Los gremialistas salieron corriendo a sacar lo de los trajes. Ojalá hubieran salido hace un año. Ojalá lo hubieran sacado antes, para los trabajadores del San Antonino, por ejemplo, que murieron de hipotermia”.


 SEGUIR LUCHANDO PESE A LA INDIFERENCIA Y EL DESGASTE 


Desde Ningún Hundimiento Más no se cansan de recalcar que ellas ya perdieron todo, que sólo luchan para los que quedan y para que esa realidad cambie. Pero los palos en rueda no siempre vienen desde arriba y no siempre vienen desde afuera, porque el desgaste se siente. La soledad que marcó las últimas marchas, el tiempo que pasa y las dificultades económicas que produjo la tragedia hacen su lucha todavía más difícil y heroica.


“Hay momentos en los que nos sentimos tremendamente solas. La ultima marcha éramos 20. Nos solidarizamos con los trabajadores que estaban bloqueando las terminales 2 y 3, pero tuvimos que gritar para que salieran a acompañarnos, esas cosas nos duelen en el alma. Así como fue la marcha multitudinaria del 20 de junio, como fue la del lunes por el Rigel, así tendría que ser siempre, pero es una lucha durísima y todos juegan con el desgaste”, relata Gabriela, sin antes aclarar que entiende a los trabajadores, pero desea “que algún día les dejen de tener miedo y digan la verdad”.



Entre la organización, sin ir más lejos, muchos de los hijos de las víctimas, ante la pérdida del sostén económicode la familia, tuvieron que salir a trabajar e incluso subirse a los barcos en las condiciones que estén, y así se renueva ese círculo vicioso. “Los que no son del Puerto no entienden porqué los trabajadores se suben a un barco que está viejo. Se suben porque todos los barcos están iguales, se suben por necesidad, y porque si vos te quejás, te pegan una patada en el culo, no tenés para comer y hay 20 atrás tuyo que están esperando para subir”, graficada, sin dudas, la lógica capitalista del poder de emplear gente a cualquier costo, jugando con su necesidad y obligándolos a aceptar las condiciones que imponen los propios empresarios para no quedar en la calle.


Económicamente, dar batalla en las familias se hizo cuesta arriba, no sólo por la muerte de sus seres queridos, sino por el desamparo posterior que hizo de ellos el Estado, la empresa y los gremios. “No hay nada. Las familias no tienen nada. No cobramos nada. En agosto terminaron de cobrar las últimas dos mareas. Hace dos meses cobraron 40 mil pesos de seguro y algunos todavía ni eso cobraron”, explica Silvia, y agrega: “A mi marido incluso le descontaron los 16 mil pesos de la comida en esas últimas dos mareas que cobramos en agosto, y tengo los recibos. Después nos lo devolvieron porque nos movimos nosotras, los gremios no hicieron nada. Ni siquiera podemos sacar la pensión porque no tenemos certificados de defunción”.


Pero por si no alcanzara con los pobres seguros de vida que pagaban los empleadores o la imposibilidad de acceder a pensiones, también hay que agregar intentos de tapar lo sucedido por parte de la empresa: les prometieron 20 mil pesos por seis meses, pero para eso tenían que renunciar a futuras acciones legales y a desentender a la empresa de lo que pasó. La respuesta está clara: se negaron.


FUENTE QUE DIGITAL



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